
Durante décadas, la ciudad de Arica ha sido uno de los territorios del país donde la presencia de arsénico genera preocupación sanitaria. A las condiciones naturales del norte de Chile, donde este elemento puede encontrarse en aguas y suelos, se suman episodios históricos de contaminación que han llevado a distintas investigaciones y políticas públicas a monitorear sus efectos en la población.
El arsénico es un metaloide cuya exposición prolongada se ha asociado a diversos efectos en la salud, entre ellos, alteraciones en el desarrollo, enfermedades cardiovasculares y un mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer. La exposición adquiere especial relevancia cuando ocurre en etapas tempranas de la vida, ya que puede afectar procesos biológicos clave durante el desarrollo y aumentar el riesgo de enfermedades tanto en la infancia como en etapas posteriores.
En este contexto, un equipo de investigadores chilenos decidió estudiar cómo varían las concentraciones de arsénico y qué factores inciden en dichas concentraciones. El objetivo fue determinar si las concentraciones detectadas durante el embarazo se mantienen en la infancia y cuáles son las condiciones sociales o ambientales que podrían influir en ello.
La investigación, liderada por académicos de la Universidad del Desarrollo (UDD) en colaboración con científicos de la Universidad de Chile, consideró la evaluación de una cohorte de madres y sus hijos residentes en Arica en dos momentos, durante el embarazo y cerca de una década después.
Éste consistió en el análisis de arsénico inorgánico en orina a 450 niños cuando tenían entre 7 y 10 años, comparando con las mediciones realizadas a sus madres entre 2013 y 2016 durante la gestación. Los resultados muestran que las concentraciones detectadas en los niños fueron muy similares a las registradas previamente en sus madres durante el embarazo. Mientras la mediana en la gestación alcanzó 17 microgramos por gramo de creatinina (un marcador que se mide en la orina para comparar niveles), en la infancia fue de 16,3 microgramos, sin diferencia estadística significativa.
El estudio mostró que los niveles de exposición se mantienen muy similares entre madres y sus hijos a lo largo del tiempo, lo que sugiere que los factores ambientales que determinan estos niveles son relativamente estables.

“Al seguir a madres e hijos durante casi una década, pudimos observar cómo se comportan estos niveles dentro de la misma población y analizar los factores que explican por qué algunos presentan valores más altos que otros”, explica Paola Rubilar, académica del Centro de Epidemiología y Políticas de Salud (CEPS) de la UDD e investigadora principal del proyecto.
Además de comparar las mediciones de ambos momentos, el equipo evaluó los distintos factores que podrían influir en estos resultados. Entre ellos, el tipo de agua que utilizaban para beber, el nivel educacional y las características sociodemográficas de las familias.
Uno de los hallazgos muestra que los niños que ingerían agua rural o aguas informales (por ejemplo, pozo o vertientes) presentaban una mayor concentración de arsénico. A su vez, los que consumían agua embotellada presentaban en promedio menores concentraciones de arsénico.
En este sentido, se detectaron diferencias vinculadas al nivel de educación del cuidador y al origen étnico, lo que sugiere que algunos grupos pueden estar expuestos a arsénico por factores sociales y territoriales que condicionan su interacción con el entorno. “No se trata sólo de un fenómeno ambiental; también hay determinantes sociales que modifican la exposición de las personas a este tipo de contaminantes”, señala Rubilar.
Para el equipo de investigación, entender las variaciones de las concentraciones de arsénico a través del tiempo en la población y los factores que las modulan es clave para orientar futuras estrategias de prevención más estrictas y monitoreo especialmente a grupos más vulnerables, en zonas históricamente afectadas.